Cada vez es más habitual que las parejas que van a ser padres acudan, entre la semana 24 a la 32 de gestación de la madre, a clínicas especializadas para captar imágenes del bebé antes de que nazca. Un primer encuentro, digital, antes de abrazarle. Las imágenes se repiten, con la mirada atenta a la pantalla del ecógrafo, los futuros progenitores se sorprenden y, en la mayoría de las ocasiones, no pueden evitar emocionarse e incluso dejar deslizar una pequeña lágrima por sus mejillas, cuando la cara de su hijo o hija aparece por primera vez ante ellos. Retratos en color sepia que con una alta definición muestran como el niño o niña sonríe, bosteza, parpadea, hace una mueca de enfado, se toca la mejilla o tiene su pulgar en la boca. Algunas grabaciones han llegado a reproducir expresiones cercanas a muecas de dolor.

Gestos que, posteriormente, en los primeros meses de vida de los más pequeños, se repiten y que, en el caso de tratarse de dolor, las familias no suelen acertar a descifrar, confundiéndolas con calor, hambre, cansancio o sueño. Y es que, hasta principios de los años 80, los médicos pensaban que los recién nacidos apenas sentían dolor basándose en que su sistema nervioso no era lo suficiente maduro como para procesar los estímulos de dolor de manera adecuada. Años más tarde, la doctora Ruth Grunau y Kenneth Craig, del departamento de Psicología de BC Children´s Hospital de Vancouver (Canadá), realizaron un estudio en el que filmaron las caras de los recién nacidos a los dos días de nacimiento mientras les extraían sangre. Observaron que los bebés, tras recibir el pinchazo, tenían una expresión facial concreta: apretaban los ojos con fuerza, arrugaban las cejas, abrían mucho la boca y tensaban la lengua.